No es lo que entra en tu boca… es lo que sale de tu corazón

INTRODUCCIÓN
Vivimos en una época en la que todos estamos cuidando mucho nuestra alimentación. Hace poco incluso cambiaron la pirámide alimenticia y muchos tratamos de seguir esas recomendaciones. Particularmente, yo misma entré en un régimen de dieta —que luego les contaré— porque sabemos que debemos cuidarnos para estar más sanos.
Y ni hablar de la salud bucal. Mi esposo, por ejemplo, es un verdadero fanático del cuidado de sus dientes.
En general, todos procuramos cuidar lo que entra a nuestro organismo: lo que comemos, lo que bebemos, lo que consumimos. Pero pocas veces pensamos en algo igual de importante:
nadie cuida lo que sale del corazón.
Las palabras
Cada palabra que decimos revela lo que hay en lo profundo de nuestro corazón: la ira, el orgullo, la autosuficiencia, la impaciencia, la frustración, la incredulidad… y podríamos seguir mencionando muchas más.
Meditando en esto, me doy cuenta de algo. Podemos pasar horas quejándonos: de lo caro que están las cosas, de la falta de dinero, de las guerras, de la incertidumbre y la desesperanza que todo esto produce.
Pero ¿cuánto hablamos de la bondad de Dios?
¿Cuánto hablamos de los beneficios de vivir una vida con Cristo?
Y no estoy hablando de materialidad. Estoy hablando de una vida que, en medio de las pruebas, tiene gozo.
Una vida que, en medio de la necesidad, confía en que Dios provee.
Una vida que, aun en medio de la enfermedad, descansa en el poder de nuestro Señor Jesucristo.
Y más aún, una vida cuya esperanza está puesta en Él, quien ha salvado nuestras vidas.
Jesús mismo nos recuerda una verdad profunda:
“El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas.
Porque de la abundancia del corazón habla la boca.”
— Mateo 12:35, 34
Por eso necesitamos alimentar nuestro corazón con la Palabra del Señor, para que de nuestra vida salgan los frutos dignos de arrepentimiento de los que habla la Escritura.
Cristo transforma el corazón
Si nuestro corazón no se llena del amor de Dios y de Su Palabra, entonces terminaremos contaminando a otros con lo que sale de nosotros: ira, orgullo, juicio, impaciencia, incredulidad.
Solo Cristo puede cambiar y transformar lo que hay dentro.
Jesús dijo:
“No lo que entra en la boca contamina al hombre; mas lo que sale de la boca, esto contamina al hombre.”
— Mateo 15:11
A veces nos volvemos contenedores de nosotros mismos y también de lo que nos rodea. Guardamos frustración, temor, enojo, y tarde o temprano todo eso termina saliendo por nuestra boca.
Por eso necesitamos la transformación del Espíritu Santo en nuestras vidas. Necesitamos que Cristo venga y gobierne nuestro corazón.
El evangelio de Cristo no solo cambia comportamientos.
Cristo transforma el corazón.
El profeta lo anunció así:
“Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros;
y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra,
y os daré un corazón de carne.”
— Ezequiel 36:26
Un corazón vivo.
Un corazón sensible a Dios.
Un corazón que pueda sentir… pero sobre todo un corazón rendido a los pies de Cristo.
Por eso hoy, además de revisar lo que comemos —que es bueno hacerlo— revisemos primero nuestro corazón.
Rindámoslo al Señor.
Que de él salgan palabras que edifiquen, palabras llenas de gracia, palabras guiadas por el Espíritu Santo.
Haz un alto hoy y pregúntate con sinceridad:
¿Necesita mi corazón la transformación de Cristo?
Oración
Señor,
Hoy reconozco que muchas veces me preocupo por lo que entra a mi vida, pero no examino lo que sale de mi corazón.
Perdóname por las palabras que han revelado orgullo, impaciencia, incredulidad o ira.
Te pido que transformes mi corazón.
Llénalo con tu verdad, con tu amor y con tu Palabra.
Quita de mí todo lo que no te honra
y dame un corazón nuevo, sensible a tu voz.
Que de mi boca salgan palabras que edifiquen, que consuelen y que reflejen que Cristo vive en mí.
Espíritu Santo, gobierna mis pensamientos, mis emociones y mis palabras.
Que mi vida muestre que el evangelio no solo cambia conductas, sino que transforma el corazón.
En el nombre de Jesús.
Amén.

Por

Luissana Jeanty

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