Serie: Heroes de la Fe. Abraham: Salio sin saber a donde iba

Devocional · Héroes de la Fe · Semana 1

Abraham: Salió Sin Saber a Dónde Iba

Génesis 12:1-4 · Génesis 22 · Hebreos 11:8-10, 17-19

Para nosotros hoy, la idea de mudarse a otra ciudad o incluso a otro país no parece tan radical. Vivimos en un tiempo donde la movilidad es normal, donde las comunicaciones nos mantienen conectados sin importar la distancia, donde uno puede salir y seguir sabiendo dónde está su familia.

Pero Abraham vivía en un mundo completamente diferente. En la cultura del Cercano Oriente antiguo, la familia extendida era el único sistema de seguridad que existía. La tierra familiar era identidad, protección y legado. Incluso después de la muerte de los patriarcas, el clan permanecía unido, las generaciones se sostenían unas a otras, la parentela era el único ancla conocida. Salir de ese cobijo no era aventura. Era quedar a la deriva.

«Pero por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba.»

Hebreos 11:8 — RVR60

Un Dios desconocido que llama sin dar la dirección completa

Abraham estaba en Ur de los caldeos, rodeado de su tierra y su gente, cuando un Dios que él no conocía le habló. No era el Dios de su cultura, no era una deidad familiar. Era una voz que se revelaba por primera vez, que se presentaba con una instrucción que desafiaba todo lo que daba seguridad: sal de tu tierra y de tu parentela.

Y lo que hace que esto sea todavía más asombroso es lo que Dios no le dice. No le da la dirección. No le muestra el mapa. No le explica cuándo va a llegar ni cómo va a saber que ya está en el lugar correcto. Solo le dice: ve a la tierra que yo te mostraré. Futura. Indefinida. Solo cuando yo te lo diga.

El griego de Hebreos 11:8 usa la palabra exelthen, tiempo aoristo, acción puntual y definitiva: salió. No titubeó. No negoció condiciones. No esperó más detalles. Cuando Dios llamó, Abraham salió. La fe no esperó ver el destino para ponerse en movimiento.

Hebreos 11:10 nos revela lo que sí tenía claro en su corazón: «esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios.» No buscaba una dirección postal. Buscaba la ciudad de Dios. Y esa claridad espiritual era suficiente para mover sus pies aunque sus ojos no vieran el camino.

Creyó a Dios y le fue contado por justicia

Junto con la instrucción de salir, Dios le hace una promesa que humanamente era imposible: «Haré de ti una gran nación.» Abraham en ese momento no tenía hijos. Su esposa Sara era estéril. Y Dios le estaba prometiendo una nación entera que descendería de él.

Génesis 15:6 dice algo que Pablo y el autor de Hebreos van a retomar una y otra vez como el fundamento de la salvación por fe: «Y creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia.» No fue contado por justicia porque era perfecto. No fue contado por justicia porque no había cometido errores. Fue justificado porque creyó la palabra de Dios cuando todo lo visible contradecía esa palabra.

Dios le prometió también la tierra de Canaán. Esa promesa tardó aproximadamente cuatrocientos setenta años en cumplirse completamente, cuando Josué condujo al pueblo a poseerla. Abraham murió sin pisar esa tierra como suya. Murió con solo ocho hijos, de los cuales solo Isaac era el hijo de la promesa. La gran nación que Dios le prometió, él no la vio con sus ojos físicos.

Y sin embargo murió creyendo. Eso es lo que lo hace padre de la fe. No que recibió todo en vida. Sino que sostuvo la promesa hasta el último día sin soltarla, convencido de que el Dios que prometió es fiel, aunque su tiempo no sea el nuestro. Romanos 4:20-21 lo describe así: «no dudó de la promesa de Dios por incredulidad, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido.»

«Nuestro tiempo no es el tiempo de Dios.
Lo que no cambia nunca es su fidelidad.»

La prueba que reveló quién era Dios

Después de esperar aproximadamente veinticinco años, el hijo de la promesa llegó. Isaac nació cuando Abraham tenía cien años y Sara noventa. Era el milagro que lo había sostenido todo ese tiempo, la evidencia visible de que Dios cumple lo que dice.

Y entonces Dios le pide algo que ningún padre quisiera escuchar. Le pide que tome a Isaac, su único hijo, el hijo de la promesa, y lo ofrezca en sacrificio en el monte Moriah. Es el momento más oscuro de la narrativa. Es el momento donde la fe de Abraham enfrenta su mayor prueba: Dios le está pidiendo que entregue precisamente lo que Él mismo le dio.

Pero fijémonos en lo que Abraham dice a sus siervos antes de subir al monte: «Esperad aquí con el asno, y yo y el muchacho iremos hasta allá y adoraremos, y volveremos a vosotros.» Nosotros volveremos. No yo solo. Los dos. Abraham estaba diciendo en fe lo que sus ojos todavía no podían ver. Hebreos 11:19 nos revela lo que pasaba en su interior: «pensando que Dios es poderoso para levantar aún de entre los muertos.» Creía en la resurrección antes de que existiera una teología de la resurrección.

Y cuando Isaac le pregunta dónde está el cordero para el holocausto, Abraham responde con una de las frases más poderosas del Antiguo Testamento: «Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío.» No lo sabía todavía. Pero lo creía. Ese Dios que se le había revelado, ese Dios que había cumplido lo imposible una vez, ese Dios santo y fiel no iba a fallar ahora.

«Y llamó Abraham el nombre de aquel lugar, Jehová proveerá. Por tanto se dice hoy: En el monte de Jehová será provisto.»

Génesis 22:14 — RVR60

Jehová Jireh — la provisión que apunta a Cristo

El cordero que apareció enredado en el zarzal no fue una coincidencia. Fue Dios proveyendo exactamente lo que había prometido, en el momento exacto, en el lugar exacto. Abraham le puso nombre a ese monte: Jehová Jireh, el Señor proveerá. Y el texto añade algo que no debemos pasar por alto: «por tanto se dice hoy: en el monte de Jehová será provisto.» Ese nombre quedó grabado como una promesa que apuntaba más allá de ese día.

Porque ese cordero en el monte Moriah era una sombra. Una figura. Una flecha apuntando hacia adelante. Juan 1:29 lo dice sin rodeos: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.» Lo que Abraham vio en figura, nosotros lo vemos en realidad. De la misma manera que Abraham entregó a su hijo unigénito en obediencia, el Padre entregó a Su Hijo unigénito para darnos la salvación que nosotros no podíamos alcanzar solos.

Y a veces el Señor también nos pide que salgamos de nuestra comodidad. Nos pide que dejemos el cobijo conocido, que caminemos hacia lo que no podemos ver todavía, que confiemos en Su provisión antes de tener la confirmación de nuestros ojos. No nos pide que lo entendamos todo. Nos pide que lo sigamos. Que miremos la salvación y la provisión que ya vienen de Jesucristo, y que caminemos en esa dirección aunque no veamos el destino final.

«Si entendemos esto, podemos salir sin preguntar a dónde.
Solo hay que seguir al que es el Camino.»

Para reflexionar hoy

01

¿Hay algo que Dios te ha llamado a hacer o dejar y todavía no has dado el paso porque esperas ver el destino completo primero?

02

¿Hay una promesa que Dios te dio que sientes que ha tardado demasiado? ¿Sigues creyéndola o la has soltado porque el tiempo de Dios no coincidió con el tuyo?

03

¿En qué área de tu vida necesitas declarar hoy: Jehová Jireh, el Señor proveerá?

Oración

Señor, dame la fe de Abraham. La fe que sale sin ver el mapa completo. La fe que sostiene la promesa cuando el tiempo tarda. La fe que dice en medio de la prueba: el Señor proveerá. Ayúdame a dejar el cobijo de lo conocido cuando Tú me llames a salir, y a seguir el camino que eres Tú mismo, Cristo Jesús. Amén.

Luissana Jeanty · Vitamina Espiritual

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