Hay una pregunta que casi nadie dice en voz alta, pero que muchos llevamos por dentro: ¿cuánto valgo realmente?
Y casi sin pensarlo la respondemos con lo que producimos. Un buen día en el trabajo, y nos sentimos suficientes. Un error, un comentario, un fracaso, y todo el edificio se viene abajo. Construimos nuestra identidad sobre arena movediza: los logros, las opiniones ajenas, los recuerdos que nos avergüenzan.
¿A cuántos les ha pasado esto? ¿Cuántas veces te has parado frente al espejo tratando de subir tu autoestima, recitando frases y mantras para lograr sentirte mejor, porque alguien te dijo que así debías hacerlo? Hoy quiero decirte algo con amor: para ya de hacer eso. No porque no importe cómo te sientes, sino porque hay un fundamento mucho más firme para tu valor que cualquier frase que puedas repetirte.
Lo que Pablo defendía
Cuando Pablo escribe 2 Corintios, defiende un ministerio que muchos despreciaban por su apariencia débil y su falta de credenciales impresionantes. En medio de esa defensa, suelta una de las frases más liberadoras de toda la Escritura:
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17).
Y esto pesa aún más cuando recuerdas quién era Pablo. Antes de conocer a Cristo fue un perseguidor de la iglesia; él mismo confesó haber consentido en la muerte de creyentes (Hechos 8:1; 26:10). Escúchalo bien: un hombre con sangre en su historia. Sin embargo, cuando quisieron definirlo por su pasado, no se escondió ni se justificó: se presentó como una criatura completamente nueva. Si Dios pudo hacer eso con Pablo, puede hacerlo contigo.
Nueva criatura, no una mejor versión
La expresión “nueva criatura” traduce el griego kainē ktisis: no una versión mejorada de lo que ya eras, sino una creación nueva, algo que antes no existía. Pablo no describe una superación personal; describe un acto creador de Dios, del mismo orden que Génesis 1. No se trata de pequeños ajustes ni de retoques: Dios hizo algo nuevo, sin nada parecido a lo anterior.
Y fíjate en la frase pequeña que sostiene todo el versículo: “en Cristo” (en Christō). Tu nueva identidad no nace de tu esfuerzo, sino de tu unión con Él. Gálatas 2:20 lo dice sin rodeos: “ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”. Esto es lo más hermoso: ese cambio, eso nuevo que eres, no depende de ti, ni de lo que otros creen, ni siquiera de lo que tú crees de ti misma. Tu valor está sostenido por lo que Cristo cree de ti.
Eres un poema escrito por Dios
Mira cómo lo corona Efesios 2:10: eres “hechura suya”. La palabra griega es poiēma —de donde viene “poema”—: una obra cuidadosamente compuesta por un Artista. No eres tu propio proyecto en construcción; eres la obra de arte de Dios. Imagina lo que dice el apóstol aquí: somos esa creación que Él formó con sus manos, un poema escrito por el Creador, una obra eterna.
Y quiero darte el versículo completo, porque lo cambia todo:
“Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10).
Dios te hizo una nueva criatura; hizo de ti un poema hermoso de amor. Ese poema fue creado en Cristo Jesús, para que anduvieras en buenas obras, en una vida de bendición espiritual, en una vida de victoria. Y ojo: victoria no significa una vida sin problemas. Significa que cada vez que enfrentes una batalla, sabes que fuiste hecha para caminar en victoria y no en la derrota que producen los problemas. No fuiste creada para vivir repitiendo mantras que suban tu autoestima, sino para vivir la vida que Dios te dio como su obra de arte, como su poema nuevo.
Cómo cambia tu mañana
Esto cambia la manera de levantarte cada día. Ya no tienes que producir tu valor para sentir que existes; en Cristo, lo recibes. El fracaso deja de definirte, porque tu vida “está escondida con Cristo en Dios” (Colosenses 3:3). No niegas tus errores; los llevas a Aquel que ya te hizo nueva. Dejas de preguntar “¿cuánto valgo?” y empiezas a preguntar “¿de quién soy?”. Y la respuesta lo cambia todo: eres de Cristo, y en Él ya eres nueva.
La próxima vez que te descubras frente al espejo intentando convencerte de tu valor, detente. No necesitas fabricar lo que Dios ya declaró. No repitas un mantra; recuerda una verdad: eres hechura suya, creada en Cristo Jesús.
Oración
Padre, gracias porque mi identidad no descansa en mi desempeño, sino en la obra terminada de Jesús. Cuando el fracaso quiera etiquetarme, recuérdame que en Cristo soy nueva criatura, tu hechura, tu hija. Enséñame a vivir desde lo que ya me diste, y no para ganarlo. En el nombre de Cristo. Amén.
¿Sobre qué has estado construyendo tu identidad, y qué cambiaría si la recibieras en Cristo en lugar de fabricarla?
Escrito por Luissana Jeanty
Vitamina Espiritual
Cuando la Palabra se vuelve Vida