Solo por gracia · Día 3

Mujer al amanecer en un campo dorado, con el rostro hacia la luz y las manos abiertas. Día 3: Solo por gracia

Día 3 · Una semana sostenidas por su gracia

Lectura: 2 Corintios 12:9-10 (RVR1960)

«Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.»

¿Cuántas veces nos hemos sentido menospreciadas? Y muchas veces no por otros: somos nosotras mismas quienes nos descalificamos, porque creemos que nuestras imposibilidades no nos dejan avanzar. ¿Cuántas veces no creemos en las promesas de Dios acerca de nosotras, simplemente porque estamos mirando nuestras limitaciones?

Sí, tenemos limitaciones. Tenemos tentaciones, cometemos errores, fallamos. Pero hay algo maravilloso: la gracia de Cristo.

Una gracia que no se gana

La gracia dice que no hay nada que yo haya hecho, que haga hoy o que haga en el futuro que me haga merecedora de ella. «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe» (Efesios 2:8-9).

Parece incongruente, ¿verdad? Pero es que Él me la regala. «Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Romanos 5:8). Eso es lo que hace maravillosa nuestra historia, una historia llena de imperfecciones, errores y fracasos.

Su poder, no el mío

Escúchalo bien: su poder, no el mío ni el tuyo, se perfecciona en lo que nosotras llamamos fracasos. Pablo no se gloriaba en sus fuerzas, sino en sus debilidades, «para que repose sobre mí el poder de Cristo» (v. 9).

Aquí conviene ser precisas. La palabra que Pablo usa para «debilidad» habla de fragilidad, de límites, de sufrimiento: aquello que nos recuerda que no podemos solas. Y cuando lo que nos avergüenza no es solo debilidad sino pecado, la gracia tampoco se queda corta: «cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia» (Romanos 5:20). Es la misma gracia la que nos sostiene en la debilidad y la que nos perdona en el pecado.

Charles Spurgeon lo escribió así: «Nuestra debilidad debe ser valorada, porque hace lugar para la fuerza divina». El Señor solo quiere glorificarse en nuestras vidas, también en nuestra debilidad.

Ojo: esto no es permiso para pecar

Esto no nos da permiso para pecar ni para seguir fallando deliberadamente. ¡No! Pablo mismo lo dijo: «¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera» (Romanos 6:1-2). La gracia que nos salva es la misma que nos enseña a vivir de otra manera: «la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente» (Tito 2:11-12).

El Señor entiende nuestra condición (Hebreos 4:15). Pero no se quedó en entenderla: nos justificó, nos santificó (1 Corintios 6:11), nos ayuda en nuestras debilidades (Romanos 8:26) y nos da la victoria.

Así que cada batalla que tengas, llévala a la cruz de Cristo. Cada lucha con tus imperfecciones, llévala a la cruz de Cristo. Porque su gracia es suficiente. Eso le dijo el Señor a Pablo: «Bástate mi gracia». Es como si le dijera: «Yo soy suficiente para ti».

Más que vencedoras, pero no por nosotras

Su Palabra también nos dice que somos más que vencedoras: «Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó» (Romanos 8:37). En griego, Pablo usa una sola palabra, hypernikaō: vencer de forma rotunda.

Pero no lo dice como un pensamiento positivo ni para alimentar el ego. ¡No! Somos vencedoras por medio de aquel que nos amó y se entregó por nosotras (Gálatas 2:20), que «se dio a sí mismo por nuestros pecados» (Gálatas 1:4) y que nos ha hecho salvas. No dignas, no merecedoras: solo salvas por gracia.

Y así estamos listas para enfrentar las batallas de la vida y las tentaciones del maligno, creyendo que somos hijas de Dios. Lo somos porque le recibimos: «a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios» (Juan 1:12). Lo somos porque creímos en Él y lo confesamos con nuestros labios como nuestro Señor (Romanos 10:9).

La confianza de las hijas

Como dice su Palabra: «Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye» (1 Juan 5:14). Y cuando el Espíritu Santo gobierna en nuestras vidas y vivimos sujetas a esa gracia, Él mismo nos ayuda a pedir como conviene: «el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles» (Romanos 8:26).

Esa es su gracia. Ese es su amor.

Su gracia nos basta para soportar, para esperar y para confiar. No son nuestras fuerzas, ni nuestra inteligencia, ni nuestras estrategias. Pero tampoco son nuestros temores, nuestras debilidades ni nuestros fracasos los que tienen la última palabra. Es solo por gracia. Solo por Él. Solo por amor y misericordia.

Para aplicar hoy

  1. Deja de descalificarte. Lo que tú ves como límite no detiene las promesas de Dios sobre ti.
  2. Lleva tu batalla a la cruz. Nombra delante de Dios esa lucha que te avergüenza y recibe su perdón y su ayuda.
  3. Pide conforme a su voluntad. Deja que el Espíritu te enseñe a orar como conviene.

Para pensar hoy

¿Qué debilidad o fracaso te ha hecho sentir que no mereces avanzar? Su gracia nunca fue por mérito.

Oración

Señor, gracias porque tu gracia no depende de lo que yo haga. Hoy llevo a tu cruz mis errores, mis temores y lo que me avergüenza. No quiero usar tu gracia como excusa, sino vivir agradecida por ella. Que tu poder se perfeccione en mi debilidad y que tú te lleves la gloria. En el nombre de Jesús, amén.

Mañana continuamos sostenidas por su gracia.

Luissana Jeanty · Vitamina Espiritual

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